Hablando con algunas personas, y observando quizás un poco más allá de lo que uno quisiera ver, me observo de pie ante una situación insostenible. Una situación que me lleva a preguntarme sinceramente dónde está el error, dónde se ubica la falencia.
Cuando los profesionales de la salud dejan de prestarle importancia a su trabajo, ¿hacia donde nos dirigimos?
Si no nos mueve un deseo ferviente hacia nuestra profesión, si no nos saca de la cama cada mañana ese amor por lo que se hace, si la angustia o el dolor de una persona deja de conmovernos, si el tiempo de un semejante no merece ser respetado, si la moral pasa de moda, si lo propio se mezcla con lo ajeno, si el trabajo diario no nos produce placer, si el cuestionamiento de la práctica propia es impensable, si el ausentarse a una cita se convierte en algo normal, si las personas dejan de sorprendernos, si el trabajo sólo pasa a ser un medio de subsistencia, si el encuentro con un otro resulta ser algo monótono, si la salud, la historia, la vida de alguien deja de importarnos... Pregunto nuevamente, ¿hacia dónde nos dirigimos?
¡Con la salud de las personas estamos trabajando! Y sin embargo el desconocimiento de esta premisa toca diariamente a nuestra puerta. Pero cuidado, no me refiero al sistema de salud pública únicamente, hablo de las instituciones privadas, hablo de la práctica privada también.
Lo fundamental se pierde de vista y la salud pasa a ser exclusivamente un negocio. Y no es que desconozca el hecho de que como cualquier otra persona, el profesional de la salud deba subsistir, me refiero a una cuestión de prioridades, de honestidad y respeto.
El tiempo de la persona que consulta vale tanto como el nuestro, su angustia, su dolor, merece nuestra atención y nuestro compromiso. Y sin embargo lo que se observa es un descuido desolador de aquello que merecería nuestro mayor esmero.
La situación es verdaderamente preocupante, pero sin embargo la preocupación que me invade no me paraliza, me lleva a cuestionar y a reforzar mi práctica.
La ética no es algo pasado de moda, el deseo que nos ubica en este terreno, en el ámbito de la salud, es indisociable de la ética. Empecemos por respetar y por respetarnos a nosotros mismos también. Revisemos entonces nuestro trabajo, seamos críticos con el mismo. Podemos desde nuestro lugar poner en primer plano su dignidad. Podemos hacer las cosas mejor.
No hablo de altruismo, hablo de deseo. Una práctica sostenida por el deseo es una práctica que nos preserva, no alienante para el otro ni para uno mismo, una práctica que respeta, una práctica que motiva. Los hechos no pueden cambiarse, lo que sucedió de determinado modo así se quedará, pero podemos hacer algo diferente con eso desde este lugar que nos abre el deseo.
No podemos perder nunca de vista que el objeto con el cual tratamos, es algo tan frágil como la salud. Procuremos que nuestros instrumentos se encuentren en las mejores condiciones, y que la acción que llevemos adelante sea la que, en función de todo eso, consideramos adecuada.
Las cosas pueden empezar a cambiar, empecemos por nosotros mismos.
Cuando los profesionales de la salud dejan de prestarle importancia a su trabajo, ¿hacia donde nos dirigimos?
Si no nos mueve un deseo ferviente hacia nuestra profesión, si no nos saca de la cama cada mañana ese amor por lo que se hace, si la angustia o el dolor de una persona deja de conmovernos, si el tiempo de un semejante no merece ser respetado, si la moral pasa de moda, si lo propio se mezcla con lo ajeno, si el trabajo diario no nos produce placer, si el cuestionamiento de la práctica propia es impensable, si el ausentarse a una cita se convierte en algo normal, si las personas dejan de sorprendernos, si el trabajo sólo pasa a ser un medio de subsistencia, si el encuentro con un otro resulta ser algo monótono, si la salud, la historia, la vida de alguien deja de importarnos... Pregunto nuevamente, ¿hacia dónde nos dirigimos?
¡Con la salud de las personas estamos trabajando! Y sin embargo el desconocimiento de esta premisa toca diariamente a nuestra puerta. Pero cuidado, no me refiero al sistema de salud pública únicamente, hablo de las instituciones privadas, hablo de la práctica privada también.
Lo fundamental se pierde de vista y la salud pasa a ser exclusivamente un negocio. Y no es que desconozca el hecho de que como cualquier otra persona, el profesional de la salud deba subsistir, me refiero a una cuestión de prioridades, de honestidad y respeto.
El tiempo de la persona que consulta vale tanto como el nuestro, su angustia, su dolor, merece nuestra atención y nuestro compromiso. Y sin embargo lo que se observa es un descuido desolador de aquello que merecería nuestro mayor esmero.
La situación es verdaderamente preocupante, pero sin embargo la preocupación que me invade no me paraliza, me lleva a cuestionar y a reforzar mi práctica.
La ética no es algo pasado de moda, el deseo que nos ubica en este terreno, en el ámbito de la salud, es indisociable de la ética. Empecemos por respetar y por respetarnos a nosotros mismos también. Revisemos entonces nuestro trabajo, seamos críticos con el mismo. Podemos desde nuestro lugar poner en primer plano su dignidad. Podemos hacer las cosas mejor.
No hablo de altruismo, hablo de deseo. Una práctica sostenida por el deseo es una práctica que nos preserva, no alienante para el otro ni para uno mismo, una práctica que respeta, una práctica que motiva. Los hechos no pueden cambiarse, lo que sucedió de determinado modo así se quedará, pero podemos hacer algo diferente con eso desde este lugar que nos abre el deseo.
No podemos perder nunca de vista que el objeto con el cual tratamos, es algo tan frágil como la salud. Procuremos que nuestros instrumentos se encuentren en las mejores condiciones, y que la acción que llevemos adelante sea la que, en función de todo eso, consideramos adecuada.
Las cosas pueden empezar a cambiar, empecemos por nosotros mismos.
Bárbara Barrientos
24/08/2007



2 comentarios:
Curiosa entrada... :)
Un saludo
Doctor,
Crítico de Blogs
Gracias por la visita y el comentario.
Saludos.
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