Escribe: (...) bruscamente, la sutura mecánica se rompió, provocando una peritonitis, seguida de una septicemia. El dolor era atroz. Como Max Schur a la cabecera de Freud, el médico tomó la decisión de administrar la droga necesaria para una muerte apacible. En el último momento, Lacan lo fulminó con la mirada.
Cuando leí esta última frase, me sentí embargada por una desesperación insondable. Me deshice en lágrimas, transformadas rápidamente en sollozos convulsivos. Boca abajo en el sofá de la sala, me hundí en un torrente de lágrimas ardientes que parecía no detenerse nunca.
La idea de que mi padre se había visto caer en la nada, que había sabido un segundo antes que iba a dejar de existir, me era insoportable. Su furia en ese instante, su no aceptación del destino común a todos los hombres, me lo hacía más querido, pues lo reconocía completamente en esto: obstinado, según las últimas palabras que se le adjudican.
Ese fue el día, creo, en que me sentí más cerca de mi padre. Después, ya no he llorado al pensar en él" ...
Sibylle Lacan. Un padre (Puzzle)



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