El psicoanálisis implica un quiebre, una ruptura que se engendra en el mismo seno de la modernidad, y que apoyando sus pies en un discurso organicista y médico logra elevar la vista y situarse en un paradigma completamente nuevo y diferente.
Freud, rompe con la ideología de la época lanzándole una injuria a la misma. Hiere a la ciencia en su misma base, produce un descentramiento. Y tal como Copérnico lo hiciera en su tiempo, origina un vuelco radical: No todo es conciente en el hombre.
Reencauza al extraviado ser humano moderno nuevamente sobre los andenes de la ley, no todo es gobernable, modificable, no todo se puede, no todo se goza.
Freud elabora a partir de allí, ladrillo a ladrillo, el edificio que hoy conocemos como Psicoanálisis, y nos lega lo maravilloso de su creación.
El psicoanálisis ingresa en las profundidades del alma humana, saca a la luz sus incertidumbres, sus heridas, sus dolores… Freud opera sobre el psiquismo, tal como un arqueólogo que descubre una pieza valiosísima, oculta durante siglos a la vista de los hombres bajo toneladas de arena.
Y no sólo descubre esta pieza, sino que crea una herramienta hecha a la medida de su mano para reconstruirla, para descifrarla. Porque el genio freudiano no se reduce sólo al descubrimiento, sino que además implica la invención de una técnica de desciframiento para aquellos fragmentos recuperados; fragmentos cuya inscripción se halla cifrada en signos antiquísimos de los que el código que permitiría su traducción, se encontraba perdido para lo humano.
El psicoanálisis a través de su interpretación reconstruye la historia singular, ubicando allí la importancia de la función paterna, y reinstaura con ella el orden de la ley, del deseo y del goce.
Lacan intenta volver a los pasos de Freud, cuyo camino comenzaba a recorrerse en otra dirección. Lacan propone entonces, el retorno a Freud. Un retorno a la esencia de su obra, una lectura pormenorizada de la misma, que valiéndose de los conocimientos de su época, lo llevarán a sentar nuevamente los fundamentos del psicoanálisis.
En un mundo en donde se propone una experiencia sin límites, en donde todo es pasible de investigación, de creación, todo es decible, todo es posible, vemos aparecer ante nuestros ojos la necesidad del psicoanálisis, la necesidad de su ley.
El psicoanálisis ubica en su estatus nuevamente a la palabra otorgándole su valor. Esa palabra que nos conmueve hasta la fibra más íntima de nuestro ser, esa palabra que nos sentimos llamados a tocar, a escuchar, a leer. Ese reino donde habita el sujeto, ese efecto que se produce sólo ante aquellos deseosos de escucharlo. Es el deseo que despierta esa exquisita experiencia conocida como psicoanálisis, lo que nos ubica en el terreno de la legalidad.
Guardamos de este modo una deuda con Freud y con Lacan, quienes como padres excepcionales han proferido la ley y nos han introducido en su terreno.
El psicoanálisis retoma el rasgo fundamental de lo humano, plantea que el sujeto se instituye como tal a partir de la ley, de la interdicción paterna, de la prohibición del incesto. De allí que Lacan promulgue, que al padre no basta con respetarlo, sino que además hay que amarlo.
Y el amor hacia estos padres que nos convierten en un conjunto de psicoanalistas, es el que nos debe mover a recobrar los límites tan borroneados y tachados en esta época posmoderna.
El psicoanálisis es una experiencia maravillosa, lo atestigua quien se siente atravesado por él.
Freud, rompe con la ideología de la época lanzándole una injuria a la misma. Hiere a la ciencia en su misma base, produce un descentramiento. Y tal como Copérnico lo hiciera en su tiempo, origina un vuelco radical: No todo es conciente en el hombre.
Reencauza al extraviado ser humano moderno nuevamente sobre los andenes de la ley, no todo es gobernable, modificable, no todo se puede, no todo se goza.
Freud elabora a partir de allí, ladrillo a ladrillo, el edificio que hoy conocemos como Psicoanálisis, y nos lega lo maravilloso de su creación.
El psicoanálisis ingresa en las profundidades del alma humana, saca a la luz sus incertidumbres, sus heridas, sus dolores… Freud opera sobre el psiquismo, tal como un arqueólogo que descubre una pieza valiosísima, oculta durante siglos a la vista de los hombres bajo toneladas de arena.
Y no sólo descubre esta pieza, sino que crea una herramienta hecha a la medida de su mano para reconstruirla, para descifrarla. Porque el genio freudiano no se reduce sólo al descubrimiento, sino que además implica la invención de una técnica de desciframiento para aquellos fragmentos recuperados; fragmentos cuya inscripción se halla cifrada en signos antiquísimos de los que el código que permitiría su traducción, se encontraba perdido para lo humano.
El psicoanálisis a través de su interpretación reconstruye la historia singular, ubicando allí la importancia de la función paterna, y reinstaura con ella el orden de la ley, del deseo y del goce.
Lacan intenta volver a los pasos de Freud, cuyo camino comenzaba a recorrerse en otra dirección. Lacan propone entonces, el retorno a Freud. Un retorno a la esencia de su obra, una lectura pormenorizada de la misma, que valiéndose de los conocimientos de su época, lo llevarán a sentar nuevamente los fundamentos del psicoanálisis.
En un mundo en donde se propone una experiencia sin límites, en donde todo es pasible de investigación, de creación, todo es decible, todo es posible, vemos aparecer ante nuestros ojos la necesidad del psicoanálisis, la necesidad de su ley.
El psicoanálisis ubica en su estatus nuevamente a la palabra otorgándole su valor. Esa palabra que nos conmueve hasta la fibra más íntima de nuestro ser, esa palabra que nos sentimos llamados a tocar, a escuchar, a leer. Ese reino donde habita el sujeto, ese efecto que se produce sólo ante aquellos deseosos de escucharlo. Es el deseo que despierta esa exquisita experiencia conocida como psicoanálisis, lo que nos ubica en el terreno de la legalidad.
Guardamos de este modo una deuda con Freud y con Lacan, quienes como padres excepcionales han proferido la ley y nos han introducido en su terreno.
El psicoanálisis retoma el rasgo fundamental de lo humano, plantea que el sujeto se instituye como tal a partir de la ley, de la interdicción paterna, de la prohibición del incesto. De allí que Lacan promulgue, que al padre no basta con respetarlo, sino que además hay que amarlo.
Y el amor hacia estos padres que nos convierten en un conjunto de psicoanalistas, es el que nos debe mover a recobrar los límites tan borroneados y tachados en esta época posmoderna.
El psicoanálisis es una experiencia maravillosa, lo atestigua quien se siente atravesado por él.
Bárbara Barrientos



2 comentarios:
Brindo por su elegante prosa, espero que también usted encuentre el entusiasmo necesario para emprender cada texto y que luego encuentre la satisfacción suficiente como para reincidir en su rasgo..
Supongo, por la nota de felicitaciones hacia el "Seminario Freudiano Bahia Blanca", que vive alli, en enero estuve y me gustó mucho, es una ciudad muy bella,
Saludos
Supones muy bien, soy de la ciudad de Bahía Blanca, y mas allá de que yo viva aquí, opino igual que vos, es una ciudad muy bella...
Se agradecen sinceramente tus palabras.
Saludos
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