Nos encontramos en un momento muy particular, a punto de finalizar una etapa y de comenzar otra muy esperada. Y en este momento particular, de transición, quizás sea bueno utilizar esta invitación a escribir para detener sólo por un instante el movimiento, y mirar hacia atrás, hacia todo aquello que de alguna manera se ha ido escribiendo a lo largo de estos años.
En un comienzo, miles de preguntas sobre la futura práctica nos movilizaron con la finalidad de alcanzar algunas respuestas. Fue así que aunamos interrogantes y deseos, y comenzamos a preguntar. Las preguntas se fueron sucediendo así como también algunas respuestas, y a partir de todo eso fuimos constituyendo un incipiente conocimiento.
Con el tiempo pudimos comprender, al observar que cada cosa nueva que entendíamos implicaba una enormidad de otras que desconocíamos, que todo ese saber que intentábamos acumular si bien era de gran importancia, no era lo único.
Y así surgió la pregunta que nos guiara fundamentalmente estos últimos dos años: ¿Qué hace un analista? La misma daba vueltas y vueltas en nuestras cabezas y era el objeto principal sobre el cual giraban nuestras charlas. Por momentos lográbamos adueñarnos de alguna idea y seguidamente, a modo de destello, la misma idea que en el instante previo parecía tan clara, comenzaba a desvanecerse.
La ausencia de una respuesta más allá de angustiarnos, nos movía, nos impulsaba, cada vez comprábamos más libros, los intercambiábamos, nos juntábamos a pensar, intentando descifrar el campo que abarcaba la pregunta, intentando responder… y siempre concluíamos con frases como “para mí es esto lo que quiere decir”, o “yo creo que sería esto, pero a partir de este renglón me refuta la teoría”, “mejor anotémoslo y preguntémosle el viernes a Claudia”.
Más leíamos, más discutíamos y cuando queríamos cerrar una idea, seguidamente ésta se ramificaba en mil preguntas más.
El concepto estaba bien, las estrategias estaban bien, el deseo, las hipótesis todo era por lo demás correcto, pero había algo que como a todo humano, nos llevaba a intentar cerrar, obturar, concluir, buscábamos verdades o interpretaciones únicas.
Hoy, intento ver las cosas desde otro ángulo, no se si mejor o peor, sólo diferente.
Si bien es importante y necesario hallar respuestas, creo, que quizás lo importante sea justamente no obturar estos interrogantes que nos movilizan, dejarlos abiertos, permitir que cada pregunta continúe su movimiento propio.
No intento hacer una apología de la falta de conocimiento, el conocimiento es sumamente importante, no podemos irnos a los extremos, ni sólo conocimiento, ni sólo ausencia de él porque sería angustiante. A las preguntas hay que intentar responderlas, pero de modo simple y transitorio, no intentar colmarlas de una vez y para siempre, porque lo que hoy puede ser respuesta, al instante siguiente puede convertirse en una nueva pregunta; debemos intentar bordear, acercarnos a una respuesta a partir de un conocimiento ya desmenuzado, cuestionado, y hecho propio para que no obstaculice el movimiento. Nunca debemos perder de vista que las preguntas causan, engendran, producen este movimiento deseante que nos impulsa a buscar más.
Volvamos entonces, ¿Qué hace un analista?, no nos dejemos llevar por el sentimiento de querer abarcar todo, de colmar, vayamos a lo más simple que es donde está la esencia.
Partiendo entonces de lo más simple, podemos afirmar que un analista, en la situación analítica, no interviene como sujeto, bien sabemos que de un solo sujeto de trata: el sujeto del Inconsciente, el sujeto que surge como verdad entre significantes. Esos significantes que tantos nos apasionan y que nos sentimos inclinadas a tocar tal como dijera Lacan, cuando se preguntara: “…¿Cómo un psicoanalista de hoy no se sentiría llegado a eso, a tocar la palabra, cuando su experiencia recibe de ella su instrumento, su marco, su material y hasta el ruido de fondo de sus incertidumbres? …”
Es así que un analista básicamente escucha, y escucha e interviene a partir de la carencia de su ser, sosteniéndose de algo esencial que es su deseo, su deseo de analizar.
Estos son elementos ya conocidos, ya desmenuzados, y hechos partes de nuestra propia piel. Esa necesidad de tocar la palabra se halla presente desde el momento en que comprendimos y vivimos su valor y función; y el deseo, ese que nos lleva a hablar largas horas sobre lo mismo, que nos impulsa a leer interminables libros barrocos cifrados en códigos, que nos motiva a salir de nuestras casas cada quince días, llueva, truene o haga 40 grados de calor, para juntarnos a vivir esa maravillosa experiencia de destello… ese deseo, deseo de escuchar, deseo de lograr capturar a ese sujeto que emerge y que insiste entre significantes, ese deseo hubo, hay y habrá.
Por lo tanto, ¿por qué no apaciguar la angustia y permitir que la pregunta siga operando? Si contamos con estos pilares tan simples y al mismo tiempo fundamentales, podemos dejar a un lado la necesidad de hallar una respuesta única que defina completamente la labor del analista, y hacernos más preguntas, buscar respuestas sencillas, cuestionar conocimientos o aceptarlos, pero nunca taponando y borrando esa inocencia con que nos lanzamos a interrogar.
En un comienzo, miles de preguntas sobre la futura práctica nos movilizaron con la finalidad de alcanzar algunas respuestas. Fue así que aunamos interrogantes y deseos, y comenzamos a preguntar. Las preguntas se fueron sucediendo así como también algunas respuestas, y a partir de todo eso fuimos constituyendo un incipiente conocimiento.
Con el tiempo pudimos comprender, al observar que cada cosa nueva que entendíamos implicaba una enormidad de otras que desconocíamos, que todo ese saber que intentábamos acumular si bien era de gran importancia, no era lo único.
Y así surgió la pregunta que nos guiara fundamentalmente estos últimos dos años: ¿Qué hace un analista? La misma daba vueltas y vueltas en nuestras cabezas y era el objeto principal sobre el cual giraban nuestras charlas. Por momentos lográbamos adueñarnos de alguna idea y seguidamente, a modo de destello, la misma idea que en el instante previo parecía tan clara, comenzaba a desvanecerse.
La ausencia de una respuesta más allá de angustiarnos, nos movía, nos impulsaba, cada vez comprábamos más libros, los intercambiábamos, nos juntábamos a pensar, intentando descifrar el campo que abarcaba la pregunta, intentando responder… y siempre concluíamos con frases como “para mí es esto lo que quiere decir”, o “yo creo que sería esto, pero a partir de este renglón me refuta la teoría”, “mejor anotémoslo y preguntémosle el viernes a Claudia”.
Más leíamos, más discutíamos y cuando queríamos cerrar una idea, seguidamente ésta se ramificaba en mil preguntas más.
El concepto estaba bien, las estrategias estaban bien, el deseo, las hipótesis todo era por lo demás correcto, pero había algo que como a todo humano, nos llevaba a intentar cerrar, obturar, concluir, buscábamos verdades o interpretaciones únicas.
Hoy, intento ver las cosas desde otro ángulo, no se si mejor o peor, sólo diferente.
Si bien es importante y necesario hallar respuestas, creo, que quizás lo importante sea justamente no obturar estos interrogantes que nos movilizan, dejarlos abiertos, permitir que cada pregunta continúe su movimiento propio.
No intento hacer una apología de la falta de conocimiento, el conocimiento es sumamente importante, no podemos irnos a los extremos, ni sólo conocimiento, ni sólo ausencia de él porque sería angustiante. A las preguntas hay que intentar responderlas, pero de modo simple y transitorio, no intentar colmarlas de una vez y para siempre, porque lo que hoy puede ser respuesta, al instante siguiente puede convertirse en una nueva pregunta; debemos intentar bordear, acercarnos a una respuesta a partir de un conocimiento ya desmenuzado, cuestionado, y hecho propio para que no obstaculice el movimiento. Nunca debemos perder de vista que las preguntas causan, engendran, producen este movimiento deseante que nos impulsa a buscar más.
Volvamos entonces, ¿Qué hace un analista?, no nos dejemos llevar por el sentimiento de querer abarcar todo, de colmar, vayamos a lo más simple que es donde está la esencia.
Partiendo entonces de lo más simple, podemos afirmar que un analista, en la situación analítica, no interviene como sujeto, bien sabemos que de un solo sujeto de trata: el sujeto del Inconsciente, el sujeto que surge como verdad entre significantes. Esos significantes que tantos nos apasionan y que nos sentimos inclinadas a tocar tal como dijera Lacan, cuando se preguntara: “…¿Cómo un psicoanalista de hoy no se sentiría llegado a eso, a tocar la palabra, cuando su experiencia recibe de ella su instrumento, su marco, su material y hasta el ruido de fondo de sus incertidumbres? …”
Es así que un analista básicamente escucha, y escucha e interviene a partir de la carencia de su ser, sosteniéndose de algo esencial que es su deseo, su deseo de analizar.
Estos son elementos ya conocidos, ya desmenuzados, y hechos partes de nuestra propia piel. Esa necesidad de tocar la palabra se halla presente desde el momento en que comprendimos y vivimos su valor y función; y el deseo, ese que nos lleva a hablar largas horas sobre lo mismo, que nos impulsa a leer interminables libros barrocos cifrados en códigos, que nos motiva a salir de nuestras casas cada quince días, llueva, truene o haga 40 grados de calor, para juntarnos a vivir esa maravillosa experiencia de destello… ese deseo, deseo de escuchar, deseo de lograr capturar a ese sujeto que emerge y que insiste entre significantes, ese deseo hubo, hay y habrá.
Por lo tanto, ¿por qué no apaciguar la angustia y permitir que la pregunta siga operando? Si contamos con estos pilares tan simples y al mismo tiempo fundamentales, podemos dejar a un lado la necesidad de hallar una respuesta única que defina completamente la labor del analista, y hacernos más preguntas, buscar respuestas sencillas, cuestionar conocimientos o aceptarlos, pero nunca taponando y borrando esa inocencia con que nos lanzamos a interrogar.
Bárbara Barrientos



No hay comentarios.:
Publicar un comentario