"Es la ley misma, y la tradición del seminario que quienes participan en él aporten algo más que un esfuerzo personal: una colaboración a través de comunicaciones efectivas. La colaboración sólo puede venir de quienes están interesados del modo más directo en este trabajo (...). Me dirijo aquí a quienes forman parte del grupo de psicoanálisis que representamos (...) si no vienen aquí a fin de cuestionar toda su actividad, no veo por qué están ustedes aquí"
J. Lacan.

lunes, 4 de junio de 2007

Ezequiel por Ornela Marzialetti

Voy a hablar de Ezequiel, un niño de 11 años de edad, con el cual estoy trabajando hace hoy justo un mes como acompañante terapéutico. Acepto este trabajo sabiendo únicamente que se trata de un niño con debilidad mental.
Deseo hablar de este caso, porque es a partir de él que la teoría cobra otro sentido para mí.
En la primer entrevista con la madre, ella me comenta que el psiquiatra le recomendó un acompañante para que Ezequiel realice actividades fuera de su casa, que vaya al parque, que practique algún deporte. O sea que mi función es la de terceridad.
Por tratarse de la primera semana de este acompañamiento la madre prefirió que permanezcamos en su casa. Estos primeros encuentros me resultaron un poco difíciles, ya que me costaba mucho encontrarme con el deseo del niño, con él mismo y yo no me sentía cómoda trabajando.
Esto me llevó a sospechar que había algo más detrás de esta “debilidad”. Al intentar mantener un diálogo con él, me encuentro con repeticiones de conversaciones de los padres: quiere cambiar la camioneta, habla de cuantas horas trabaja y de lo que le pagan, de la pensión que tiene que tramitar, temas que le atañen a sus padres y no a él. Habla como si estas preocupaciones fueran de él, hasta imitando los gestos de los otros y utilizando vocabulario específico relacionado a esas situaciones, no siendo común para niños de su edad.
Durante los siguientes encuentros fuimos al parque, a las tres villas y allí se pudo ver algo que sí es propio de su edad: el JUEGO y con él quizá algo de su deseo: le gusta jugar con la pelota, correr, juntar piedritas, cortar flores, jugamos a que él era un quiosquero, y se acerca a charlar con la gente, solo que frecuentemente busca personas grandes, no de su misma edad, y se relaciona con ellas siempre a partir de los decires del Otro, es decir repitiendo las conversaciones de sus padres.
Creo que esto es un buen ejemplo de lo que expresa Isidoro Vegh en el seminario disertado en Bahía Blanca el 25 de abril de 1992: Primero aclara que llamará “lenguaje” al lenguaje del Otro y “palabra” a lo que el sujeto hace con ese lenguaje del Otro. Luego, al hablar de cómo se constituye un sujeto psicótico dice que “el psicótico es el objeto de goce del Otro… El sujeto está ausente a la palabra pero inmerso en los efectos del lenguaje. Sufre la eficacia del lenguaje del Otro hasta el extremo…no puede componer los significantes del Otro para hacer su propia palabra, lo cual lo lleva a que no pueda apagar la radio del Otro. Es como una radio que no puede manejar…”.
A partir de una ficha que la madre debe completar para que Ezequiel realice educación física, me entero que el diagnóstico efectuado por el psiquiatra indica toxoplasmosis congénita, la cual daría lugar a su debilidad mental, y psicosis infantil con trastornos de conducta y de personalidad.
Esto comprueba mi hipótesis de que había algo más que una “debilidad mental”, aunque me surgen nuevos interrogantes: si es conveniente saber el diagnóstico del niño antes de conocerlo, si con 11 años se puede diagnosticar una psicosis (psicoanalíticamente hablando); de qué tipo de madre se trata.
Para responder este último interrogante tomé una ficha didáctica realizada por Florencia Suárez en el curso de acompañantes terapéuticos del 2005. Ella afirma que “en una situación normal, las madres no siguen cursos para criar a sus hijos, pero ante su primer hijo se encuentran con que saben mucho más de lo que suponían saber. Por lo general, cuando la madre se entera que su hijo tiene problemas de una cierta gravedad, en el primer momento, le digan lo que le digan, siente que no sabe qué tiene que hacer para criarlo. Entonces va a consultar a especialistas. Si se encuentra con alguien que lo que hace es confirmarle que ella no sabe, pero que no se preocupe, que él le va a decir qué es necesario hacer con estos “chicos especiales”, lo que se interrumpe es la conexión de la madre con su propio saber inconsciente. Agobiada por el dolor y el desconcierto, la madre se guía por las indicaciones del profesional y el bebé se pierde la transmisión del deseo; nadie le pregunta a él qué es en particular lo que quiere, ya que todos lo saben de antemano…”.
Tras observar ciertas actitudes de la madre que lo dejan a Ezequiel en un lugar de “tonto”, de “anormal”, de “especial” comencé a preguntarme qué le sucede a una madre ante el nacimiento de un hijo “enfermo”. Al respecto, Maud Mannoni en su libro “El niño retardado y su madre” asevera que “la irrupción en la realidad de una imagen del cuerpo enfermo va a causar en la madre un shock en el instante en que, en el plano fantasmático, un vacío era llenado por un niño imaginario, surge el ser real que, por su enfermedad, no sólo va a despertar los traumas y las insatisfacciones anteriores, sino que impedirá más adelante, en el plano simbólico, que la madre pueda resolver su propio problema de castración. Porque ese verdadero acceder a la femineidad debe pasar por la renuncia al niño fetiche, que no es otro que el niño imaginario del Edipo… Cada mujer, ante la falta de las señales de identificación de su hijo enfermo, va a vivir su angustia (la castración es lo que aparece bajo la forma de angustia cuando el Otro no reconoce más al sujeto como objeto de deseo) en función de aquello que la ha marcado en su historia, es decir en función de su propia castración oral, anal, fálica…”. Además agrega que “la relación amorosa madre-hijo tendrá siempre un trasfondo de muerte, de muerte negada, disfrazada, la mayor parte del tiempo de amor sublime; a veces de indiferencia patológica; en ocasiones de rechazo consciente; pero las ideas de muerte están aunque todas las madres no puedan tomar conciencia de ello…”.
En relación a lo dicho, en una ficha didáctica elaborada por Carlos Graiño y Verónica Fernández, en el curso de acompañantes terapéuticos del 2005, sobre el estadio del espejo definen a la matriz simbólica como “lo que preexiste al sujeto. Es el deseo de madre, la castración de la madre, que le da al hijo el lugar de falo imaginario. Es necesario que la madre desee, y que este deseo vaya más allá de su hijo. El falo imaginario es la imagen con la que el sujeto se identifica. De no existir la matriz simbólica, el niño no tendría valor de falo imaginario y no podría constituirse como un yo. Este es el caso de la psicosis infantil. La identificación formadora del yo se llamará identificación narcisista”.
También me pregunté qué sucede con el padre de este niño, que parecería estar presente y ocuparse, cuando puede, de su hijo. Mannoni, opina que suele ocurrir en casos de niños “retardados” que “el mensaje del padre no le llega jamás. Por lo que el niño está llamado a permanecer en cierta relación fantasmática con la madre, que por la ausencia del significante paterno en ella, lo deja reducido al estado de objeto, sin acceder al nivel de sujeto… Debido a que el significante paterno no se ha encontrado con el inconsciente materno, el sujeto se halla desprovisto del sentido de su propia vida y en peligro de no sentirse dueño de sus pulsiones”.
Contestando a uno de mis interrogantes, considero que no es conveniente saber a priori el diagnóstico detallado del sujeto a tratar, ya que esto me permitió, en mi caso en particular, ver a Ezequiel de otro modo, con menos prejuicios, darme la oportunidad de realizar hipótesis acerca de lo que podría suceder, priorizar al sujeto y no estar condicionada ante semejante diagnóstico.
Además, creo que sería muy apresurado determinar una psicosis en un niño de tan sólo 11 años, pienso que todavía quedan muchas cosas por hacer y revertir en este tiempo nodal de su constitución subjetiva. A eso apunta este acompañamiento: a darle lugar al deseo de este niño, a ofrecerle un espacio propio y una mirada distinta, a devolverle una imagen diferente de sí, la del “genio”, la que “él puede”, la del “lindo”, siendo “el envidiado” por sus hermanas y por sobre todo “el protagonista” en su vida.
Para concluir, voy a utilizar una definición extraída de la ficha didáctica realizada por Florencia Suárez en el curso de acompañantes terapéuticos del 2005 ya mencionada, con la cual concuerdo plenamente: “La discapacidad no es una enfermedad, tampoco es un síntoma que al cabo de un tiempo va a desaparecer. Es una MARCA REAL que va a acompañar a ese sujeto a lo largo de su vida. Marca que va a acompañar a ese sujeto pero que no ES el sujeto”.

Ornela Marzialetti

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